Llegué hasta aquí con nula información respecto a Alemania. Nunca me había interesado por sus costumbres y tradiciones. Ni siquiera había “googleado” la ciudad en la que iba a vivir. Y del idioma, ni hablar, nada de nada. ¡Un verdadero desastre lo mío! Una vez instalada en Alemania ya no habría vuelta atrás, aprendería por las buenas o por las malas. Y puedo asegurarles que aprendí, ¡y cuánto! 🙂

♥ Aprendí a no saludar a todo el mundo con un beso en la mejilla, sino extendiendo mi mano.

♥ Aprendí a no tirar toda la basura en un único cesto, sino a clasificarla en al menos cinco categorías. (Sí, porque los alemanes se toman el asunto del reciclaje bien en serio, ¡y qué bueno que así sea!).

♥ Aprendí que ya no podría hacer las compras los domingos, porque aquí los supermercados y los centros comerciales suelen estar cerrados.

♥ Aprendí que la impuntualidad puede ser considerada una falta de respeto.

♥ Aprendí a disfrutar mucho más de cada estación del año y a bendecir cada día de sol.

♥ Aprendí a vivir con dos husos horarios en mi cabeza.

♥ Aprendí a decir en mi primer lugar mi apellido al recibir una llamada telefónica, en vez del clásico “hola”.

♥ Aprendí a vivir lejos de mi familia.

♥ Aprendí a tratar a las personas de “usted” hasta tanto me ofrezcan tutearlas.

♥ Aprendí a agendar reuniones laborales con más de medio año de antelación.

♥ Aprendí a convivir con dos culturas dentro mío, incorporando a mi nueva vida todo lo que me gusta de Alemania y continuando, a la vez, con mis costumbres argentinas.

♥ Aprendí a desarrollar la tolerancia a la frustración.

♥ Aprendí que los inviernos pueden ser menos duros con complejos termales y pistas de esquí a pocos minutos de casa (¡Y aprendí a esquiar, claro!).

♥ Aprendí a transformar una bicicleta en mi medio de transporte preferido.

♥ Aprendí a ser una mujer más simple observando e imitando el pragmatismo de los alemanes.

Aprendí en verdad mucho más de lo que hoy puedo mencionar aquí y de lo que alguna vez pude haber imaginado. Y aprendí  también que nunca iba a poder saberlo ni entenderlo todo, y que está bien que así sea, por eso me declaré “aprendiz eterna”.

Pero, mientras atravesaba este proceso de infinitos aprendizajes, no pocas veces me he sentido algo torpe y ridícula, y hasta me he avergonzado en ocasiones por mis supuestos “errores” y “comportamientos inadaptados”. Saludaba y reaccionaba al parecer de manera inapropiada, compraba en el super algo muy diferente a lo que tenía en mente, fracasaba al realizar un trámite considerado simple y temblaba cada vez que sonaba el teléfono o el timbre.

No pocas veces me he castigado injustamente, como si mis intentos fallidos no formaran parte de un proceso natural. Nadie me había contado que todo esto era esperable, que se trataba de una parte indisociable del aprendizaje que implica el proceso inmigratorio y la integración a una nueva cultura. Nadie me había hablado del ahora ya famoso “shock cultural”. Tuve que vivirlo todo en carne propia, de golpe y sin anestesia, y finalmente comprendí que muchas de mis angustias tenían una explicación.

Hay muchas formas de aprender. Los tiempos de aprendizaje no son los mismos para todos. Y la motivación juega aquí también un papel más que importante. Pero lo fundamental es abrirse a este aprendizaje, a esta nueva cultura. Darnos la posibilidad de enriquecernos como personas a través de nuestro proceso inmigratorio es sin duda de las mejores decisiones que podemos tomar. 

 

¿Te sentís identificada con alguno de estos aprendizajes? ¿Qué fue lo que más te sorprendió al llegar a Alemania? ¿Cuál fue tu aprendizaje menos esperado?

 

 

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