Aprender a vivir en otro lugar y descifrar los códigos de una nueva cultura puede pensarse de algún modo como un “volver a ser niña”. Un mundo nuevo, todo por descubrir, mucho por aprender. Cada día se presenta un nuevo desafío. La vida misma se transforma en una auténtica aventura.

La niña en su estado más puro es curiosa, observadora, aventurera. Su capacidad de aprendizaje es inagotable. A diferencia del niño, el adulto ya ha vivido con otros patrones culturales. Ya tiene una idea en su cabeza respecto a cómo deben funcionar las cosas, cómo comportarse, qué está bien y qué está mal. Y, en este preciso momento, todo esto nos jugará en contra. Al tener incorporados los patrones culturales de nuestro lugar de origen tenderemos muy fácilmente a comparar, a establecer diferencias, a considerar esto o aquello como mejor o peor, apropiado o inapropiado.

Y como si esto fuera poco, ¿querés que te cuente la parte menos linda de ser niña? No poder ser independiente al 100%. Que los menores sean dependientes de los adultos es algo perfectamente natural, comprensible y socialmente aceptado. Pero, ¿qué pasa con nosotras mujeres adultas cuando las circunstancias nos obligan a depender nuevamente de “un otro”? A mí no me causaba ni medio de gracia, pero tuve que asumir que hasta que no progresara con mi alemán así sería. No te asustes, no es tan grave a fin de cuentas. Es por un tiempo. Es una situación posible de ser revertida. Y la buena noticia es que todo depende únicamente de vos. Así que no te demores en aprender alemán, ese siempre va a ser mi primer consejo. Dominar el idioma es la clave para comenzar a integrarte y la mejor herramienta que podés tener para manejarte de manera autónoma.

Cuando llegué a Alemania me sentía torpe y ridícula realizando las acciones más simples de la vida cotidiana, como ir a comprar el pan o sacar un boleto para el tranvía. Y cómo no iba a ser así si hasta entonces para mí no era habitual entrar a una panadería y encontrarme con un mínimo de treinta opciones diferentes de panes para elegir. Cómo no sentirme rara si el tranvía no estaba en la lista de los medios de transporte que yo utilizaba.

Cómo no sentirme niña si la rutina de mis primeros meses en Alemania consistía en ir a la escuela a estudiar alemán. Yo que para ese entonces ya había terminado la universidad, yo que ya trabajaba como profesional y que me consideraba una mujer adulta e independiente, ahora me encontraba asistiendo a un instituto de idiomas, haciendo los deberes y estudiando para mis exámenes.

Yo también, por ese entonces, pedía que me acompañen para ir al médico, aunque perfectamente hubiera podido arreglármelas sola hablando en inglés. Pero es que lo desconocido a veces nos abruma de tal forma que nos hace sentirnos cual niñas inseguras y perdidas en un nuevo mundo.

¿Qué es lo mejor que podés hacer si estás en tus inicios en Alemania viviendo algo de todo esto? ¡Asumir tu rol de niña y disfrutarlo! Porque ser niña a fin de cuentas es también algo divertido. Permitite sorprenderte, emocionarte, sentirte perdida y desorientada.

¡Animate a hacer el ridículo! Aunque no quieras, te puedo asegurar que tarde o temprano lo harás igual, y será más fácil si aprendés a naturalizarlo y a reírte de vos misma. Aceptá que vas a necesitar ayuda de otras personas, que por momentos no vas a poder con todo sola, y está bien que así sea. Atrevete a descubrir la maravillosa y multifacética cultura alemana cual niña, sin prejuicios, sin generalizar ni comparar. Conocé, preguntá, indagá y, recién después, mucho después, empezá a sacar tus propias conclusiones.

¿Te sentís identificada con alguna de estas situaciones?  ¿Te sentiste “niña” alguna vez en tus comienzos en Alemania? ¿En qué situaciones te encontraste “haciendo el ridículo”?  Contame, te leo en los comentarios 🙂

 

 

 

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