Hasta hace algún tiempo atrás pensaba que era una locura, ni siquiera podía imaginármelo. ¿Compartir el baño con una extraña? ¿Convivir con una persona que no conozco? Ni loca!! Fui criada en un entorno donde se acostumbra a vivir o bien con la familia de origen, o bien con la propia. Y así lo hice yo también. Dejé la casa de mis papás para irme a vivir en pareja. Llegué a Alemania casada, vivimos juntos en un departamento durante casi 5 años hasta que un buen día nos separamos.

La vida puso frente a mí una difícil decisión (en verdad muchas, muchísimas, pero hoy quiero hablar específicamente de la vivienda compartida, en alemán, WG: Wohngemeinschaft). Ya que sola no podía afrontar los gastos que implicaban continuar viviendo donde vivía, tenía dos opciones: irme a vivir sola a un lugar más pequeño y accesible, o quedarme en el departamento que estaba alquilando y animarme a compartirlo. Bueno, elegí la segunda opción. Pero con algunas condiciones. 

Por aquél entonces la confianza en mí misma iba aumentando poco a poco y yo empezaba a creerme merecedora de que me pasen cosas lindas. Estaba convencida de que no iba a renunciar a la paz y a la armonía de mi hogar, que viniera quien viniera iba a ser para SUMAR, para aportarle algo positivo a mi hogar y a mi vida. Entonces tomé papel y lápiz y expresé en una frase corta y simple mi intención. La leí cada mañana y cada noche durante meses y aún puedo decirla de memoria: “Encuentro la persona adecuada para compartir mi departamento, con quien me siento cómoda y en armonía”.

Ni más ni menos que eso pretendía. Estaba convencida de que me lo merecía. Yo estaba dispuesta a flexibilizarme, a abrirme, a romper con las viejas reglas de mi hogar, pero mi paz y mi armonía a esa altura ya eran innegociables. 

Y llegó, claro que llegó, como todo lo que es para una, llegó en el momento indicado, ni antes ni después. Tenía que ser. Lo sentí. Mi corazón no tenía dudas. Mi intuición me gritaba SIIIIIIIIIIII. Y sí, desde hace más de un año y medio convivimos juntas en nuestra adorada WG. Desde entonces el idioma de nuestro hogar es el alemán, un desafío más para mí, otro cambio, el que afortunadamente hoy en día puedo llevar adelante con naturalidad y sin ningún tipo de esfuerzo.

Mi Mitbewohnerin es única, especial, un Ser lleno de amor. Tiene la capacidad de pronunciar las palabras indicadas en el momento justo. Está cuando tiene que estar. Respeta los tiempos y los espacios de cada una. Llegó a mi vida para enriquecerla, para llenarla de color y sabiduría, y llegó también para demostrarme definitivamente lo poderoso que puede llegar a ser el poder de manifestación cuando una se compromete con sus deseos más profundos. 

Vivir en Alemania es abrirse a un mundo de infinitas posibilidades. Lo nuevo asusta, da miedo, causa malestar a veces también. Pero lo nuevo puede al mismo tiempo convertirse en una experiencia maravillosamente transformadora sí así lo deseamos.

La experiencia WG fue un desafío para mí. Algo nuevo, desconocido, que miraba desde lejos de reojo. Era una de esas cosas que no esperaba para mi vida. Ya había dejado atrás la década de los ´20, ya no era una estudiante, y mis prejuicios en cierto modo me llevaban a pensar que ese estilo de vida no aplicaba para mí.

Mientras muchos se preocupan por hacer contratos llenos de condiciones, establecen reglas de convivencia, reparten tareas, tienen calendarios de limpieza y demás, yo apenas atisbaba a preguntarle a mi Mitbewohnerin a qué hora solía cenar (porque ya mi mente prejuiciosa me recordaba que los alemanes cenan muuuuy temprano, entonces ya me imaginaba alrededor de las 18:00 hs ella cenando y yo merendando) y ella muy relajada me respondió: “como cuando tengo hambre”. Una sola frase, una gran lección. De pronto sentí que lo entendí todo.

Los pocos acuerdos que fijamos se desvanecieron en menos de un mes. No hacían falta. No los necesitamos. En nuestro hogar reina la paz y la armonía, y eso lo explica todo. Estamos en sintonía, a veces tanta que me asusta. Ella me pidió que la ayude a elegir su cuenco tibetano; yo la invité a practicar juntas mis clases de Naam Yoga. A ella le gusta limpiar el baño, a mí no. Ella cocina como los Dioses, yo hago lo que puedo! Nos pusimos ambas en pareja con diferencia de una semana. En casa a veces somos dos, a veces cuatro, y así y todo, la armonía no se ha perdido.

Me entregué a la experiencia WG, me entregué con la convicción de que me merecía una linda convivencia. Confié en mí, confié en ella. Honré mi capacidad de transformación, me permití flexibilizarme. Incorporé lo bueno, lo pragmático, lo que suma a mi vida. Fui dejando atrás la rigidez, los miedos, las formalidades vacías de sentido. 

La experiencia WG me transformó positivamente, como todas las experiencias que elijo para mi vida de aquí en adelante. Porque aprendí a hacer buen uso de mis capacidades, porque decido abrirme a lo nuevo sin tantos temores y prejuicios. Confío y pienso en positivo, porque ahora puedo entregarme a cada nueva experiencia desde el amor. Y eso es lo más valioso que tengo para compartir con todas las mujeres que llegan hacia mí.

Con amor,

Gabriela

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